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  • Elián

El 22 de noviembre de 1999 salían ilegalmente de Cuba 14 personas por vía marítima.
Tres día después la embarcación zozobró y de los tripulantes que viajaban a bordo, sólo
tres quedaron con vida, dos adultos y el niño Elián Gonzáles Brotons, quienes fueron
rescatados por dos pescadores en aguas cercanas a la Florida.
En Estados Unidos, el menor fue puesto al cuidado de Lázaro González, su tío-abuelo
paterno residente en Miami, quien poco después, en abierta complicidad con los grupos
anticubanos más recalcitrantes de Miami, se opuso al retorno de Elián a Cuba. El padre
del niño, Juan Miguel González, quien desconocía en principio la salida de su hijo de
Cuba, solicitó de inmediato su repatriación, acto que fue respaldado por el Gobierno de
Cuba y todo el pueblo.
La respuesta del pueblo se hizo notar de inmediato. Se llevaron a cabo multitudinarias
manifestaciones, entre marchas de cientos de miles de personas y combativas tribunas
abiertas en distintas ciudades del país para apoyar y exigir el regreso del niño al seno de
su padre.
Ante la oposición de los parientes lejanos de Elián a que éste regresara a Cuba, el
Servicio de Inmigración y Naturalización (INS) de Estados Unidos reconoció, el 5 de
enero del 2000, el derecho de patria potestad de Juan Miguel sobre su hijo.
El 21 de enero, las abuelas de Elián, Raquel y Mariela, viajaron a Estados Unidos a
buscar a su nieto. Cinco días más tarde, luego de múltiples trámites, las abuelas
pudieron ver al niño por unas pocas horas, pero no pudieron cumplir su objetivo de
regresarlo a Cuba.
Por su parte, Juan Miguel viajó a Washington el 6 de abril, pero no fue hasta 16 días
después que pudo abrazar a su hijo tras un operativo federal de rescate.
El caso llegó al Tribunal de Atlanta, que en dos instancias rechazó las demandas de asilo
político para Elián, no así un interdicto que impedía su regreso Cuba.
El lunes 26 de junio, el Tribunal Supremo en solo dos días solucionó un caso de más de
siete meses. Definitivamente la justicia y la lógica habían triunfado. El 28 de junio Elián
regresó a Cuba en unión de su padre Juan Miguel, y el resto de los compañeros que
permanecían retenidos en Estados Unidos por las maniobras dilatorias de los grupos
anticubanos.
Enlaces:
• Discurso de Fidel Castro
• ¡Salvemos a Elián!
• Con otro Elián después de Elián, ¿qué harían los norteamericanos?
• Jueces y juicios
• Miami, antes y después de Elián
• Náufrago en tierra firme
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Fuente: http://www.elian.cu/elian0.htm

¡Salvemos a Elián!
La Tribuna Abierta en las inmediaciones de la Oficina de Intereses de Estados Unidos
reinicia su actividad orientadora y movilizativa a las 5:00 de la tarde de este lunes.
El destino de Elián es incierto.
Los numerosos aspirantes a la candidatura presidencial de ambos partidos en Estados
Unidos casi sin excepción se han expresado contra el regreso del niño a Cuba de forma
demagógica, o con lenguaje extravagante y nada serio han hablado de fórmulas
dilatorias e incluso pérfidas.
Aparte de anunciados recursos leguleyescos tan pronto la Administración adopte una
decisión, la mafia extremista y terrorista del Sur de la Florida, apoyada por la
ultraderecha norteamericana, amenaza con acciones violentas de oposición a la
devolución del niño a su legítima familia y a su patria. Aseguran que rodearán con un
cordón humano de apátridas mercenarios la casa de los parientes lejanos donde lo
tienen secuestrado, para impedir la actuación de los funcionarios federales en caso de
que el gobierno de ese país adopte una decisión que sería humanamente justa y
jurídicamente irrebatible en favor de su regreso a Cuba. Acostumbrados como están a
métodos fascistas, al chantaje y la impunidad ante la debilidad y la tolerancia de los
gobernantes norteamericanos, de quienes fueron siempre instrumentos y cómplices,
cualquier cosa puede esperarse de ellos para impedirlo.
Nadie sería capaz de asegurar a estas horas cuándo y cómo regresará el niño. En torno a
este punto reinan la confusión y el caos en Estados Unidos.
El 12 de diciembre se envió el último mensaje diplomático del gobierno cubano al
Departamento de Estado, en que se exponía la necesidad de una respuesta rápida por el
enorme sufrimiento a que estaban sometidos tanto el niño como la familia, y las
consecuencias que esto podía tener en la salud mental de Elián. Han transcurrido ya
ocho días y aún no se ha recibido una sola palabra de respuesta.
El lunes 13 de diciembre, a las 7:00 de la mañana, dos funcionarios norteamericanos,
entre ellos una representante del Servicio de Naturalización e Inmigración de Estados
Unidos, se reunieron a solas con el padre de Elián y todos los familiares más íntimos y
cercanos al niño. Se consideraba esto un requisito indispensable, prácticamente el último
trámite para una solución justa, rápida y honorable del problema. El padre entregó a
dichos funcionarios norteamericanos, en la propia residencia de la familia en la ciudad de
Cárdenas, 17 documentos, certificados por las autoridades competentes, que
demostraban de forma irrebatible la paternidad y por tanto la patria potestad de Juan
Miguel González Quintana, cuya atención y comportamiento con su hijo Elián eran
ejemplares e intachables. Esas mismas autoridades de Inmigración habían entregado el
niño a un pariente lejano que vivía en Estados Unidos desde hace 15 años, 9 años antes
de que Elián naciera, al que había visto quizás una sola vez en su vida, sin exigirle
documento alguno que acreditara el lejano parentesco. Sin embargo, en esta ocasión
han transcurrido siete días y el padre no ha recibido la más mínima señal de que sus
derechos serán reconocidos.
Unido a todo lo anterior, la conmovedora e impactante Mesa Redonda que tuvo lugar el
pasado jueves con la participación de eminentes científicos y especialistas en cuestiones
de Pedagogía, Psicología y Psiquiatría infantil, seleccionados entre los más prestigiosos y
experimentados del país, hizo patente con sólidos fundamentos científicos y demostró
ante toda la nación que el niño había sufrido, en menos de 48 horas, traumas profundos
y sucesivos y, en adición a esto, había sido despojado además de su medio ambiente, su
escuela, sus amigos, su maestra, su padre y los seres más queridos, de los cuales más
necesitaba para su recuperación. Nuestros científicos y especialistas evidenciaron la
desesperada urgencia de su regreso a Cuba.
Imágenes de repugnante cinismo y desmoralización de quienes se prestaron al rapto de
la criatura en complicidad con una pandilla de perversos e inescrupulosos malvados,
produjeron en nuestro pueblo profunda indignación y asco. La escena grotesca en que
una loba feroz disfrazada de mujer envolvió casi a la fuerza a ese niño inocente con la
bandera de la barra y las estrellas —tan distinta de la que saludaba con respeto unos
días antes en su escuela en cada matutino— quedará ante la historia como uno de los
hechos más infames, aborrecibles y ultrajantes que nuestro pueblo haya visto jamás.
Cien libros de instrucción política no nos enseñarían más de la ruindad y decadencia del
“imperio revuelto y brutal que nos desprecia”. Esa imagen debe divulgarse por el mundo.
La hipocresía, el alarde grosero e increíble de ostentosos regalos con que a toda costa
quieren comprar el alma de un niño de 6 años, ofrece una idea de lo que representan la
sociedad y el mundo enajenados que quieren imponerle, mediante la arbitrariedad y la
fuerza, a ese niño cubano.
Ahora no sólo es necesario preservar la identidad del niño y el derecho de su padre a la
patria potestad, que nadie en el mundo cuestiona: es urgente salvar su salud psíquica y
mental antes de que el daño sea irreversible.
Nuestro pueblo no permitirá el repugnante y monstruoso crimen que fría y cínicamente
se está cometiendo con ese niño ante los ojos atónitos del mundo.
Lo que se inicia hoy es la segunda etapa de la batalla de masas que venimos librando
desde el domingo 5 de diciembre. Ha sido y es una batalla de ideas, de opinión pública
nacional e internacional, de principios legales, éticos y humanos, entre Cuba y el
imperio, que en nuestra patria es apoyada por una de las más grandes y combativas
movilizaciones que ha tenido lugar a lo largo de nuestra historia.
La Revolución ha asignado a los pioneros de la enseñanza primaria y secundaria, a los
estudiantes de nivel medio y superior y a los jóvenes trabajadores manuales e
intelectuales del país, la misión de ocupar las primeras líneas de esta gran batalla que
estamos llevando a cabo con el apoyo unánime de todo el pueblo.
Esta nueva etapa de lucha puede prolongarse. Requiere más que nunca de organización
rigurosa y disciplina estricta, plan inteligente y a la vez flexible, creatividad y capacidad
de adaptación a situaciones constantemente cambiantes, serenidad, ecuanimidad y
sangre fría.
Enfrentamos a un adversario poderoso, tenaz y arrogante. El más grave riesgo consiste
en que el lógico espíritu de combatividad, solidaridad humana y justa indignación
desborde los principios de disciplina y organización.
En estas circunstancias, nadie debe asistir a ninguna marcha, concentración o actividad
a la que no haya sido convocado por los organizadores. No es conveniente en absoluto
que donde se esperan 10 mil, 50 mil ó 100 mil, se reúnan 20 mil, 100 mil, 200 mil, es
decir, dos o tres veces más de los convocados en cada área o sector. En la Marcha del
Pueblo Combatiente debían desfilar 300 mil personas; participaron más de medio millón
y entraron por todos los accesos. Se pueden desorganizar así nuestras actividades, y
despilfarrar nuestras fuerzas y energías, que son realmente colosales. No podemos
desgastarnos, hay que ahorrar esas fuerzas y esas energías, renovarlas constantemente,
emplearlas todas ordenadamente cuando sea necesario, y volver de inmediato a
reponerlas si nos vemos obligados a ello.

A la vez que nos movilicemos miles, decenas de miles, cientos de miles, incluso millones,
como ocurrió los días 9 y 10 de diciembre, en que entre la tarde del jueves y la tarde del
viernes se movieron casi tres millones de personas –lejos todavía de nuestro verdadero
potencial, ya que la Ciudad de La Habana de un modo correcto, para reservar fuerzas,
movilizó el día de los grandes actos de las capitales de provincias apenas un diez por
ciento de su potencial—, hay que preservar a toda costa la producción y los servicios con
más tesón y responsabilidad que nunca.
Nuestra acción debe ser cualitativamente superior: persuasiva y convincente para la
opinión pública internacional; sorpresiva, desconcertante, oportuna y contundente para
los que, en el seno de la sociedad norteamericana, minoritarios pero poderosos, se
oponen al regreso de Elián.
Somos un pueblo con elevada cultura política, unido, cohesionado, organizado. Todos
pertenecemos a una o varias organizaciones, desde los pioneros hasta los veteranos
combatientes de cuarenta años de Revolución. Todos tenemos, en mayor o menor grado,
preparación combativa. Todos tenemos la fuerza revolucionaria, el patriotismo y los
nobles objetivos que nos hermanan y unifican estrechamente. Todos tenemos el
privilegio de contar con una nación unida. Podemos y debemos actuar como un inmenso
e invencible ejército.
Por ello, compatriotas, al reiniciarse el arduo combate, la Revolución, que ha acumulado
gran experiencia en el enfrentamiento victorioso durante más de cuarenta años con la
más poderosa potencia que ha existido jamás, no nos solicita simplemente disciplina:
nos la exige.
Les pedimos a los estudiantes y jóvenes cubanos que han recibido el inmenso honor de
ocupar un puesto en la primera línea y que tan brillantemente han actuado desde el
primer instante, sean ejemplo para todo el pueblo de disciplina consciente y
revolucionaria en esta decisiva y heroica lucha que la Revolución exige de cada
ciudadano para salvar a Elián: un niño, un pionerito, un nieto, un hijo de toda Cuba, y
salvar con él un símbolo de los miles de millones de niños que deben ser educados,
alimentados, dotados de una vida saludable, salvados y dignificados en el mundo. El
enemigo, aferrado a una estúpida, antipática y aborrecible injusticia, no podrá resistir
nuestra moral, nuestra razón y nuestra incontenible fuerza en la lucha por esta justa
demanda, y no le quedará otra alternativa que devolver cuanto antes a Elián.
Fidel Castro
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Fuente: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1999/esp/f201299e.html

Náufrago en tierra firme
Por: GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
El viernes, cuando Juan Miguel González fue a la escuela por su hijo Elián para pasar
juntos el fin de semana, le dijeron que Elizabeth Brotons, su antigua esposa y madre del
niño, se lo había llevado al mediodía y no lo había devuelto en la tarde. A Juan Miguel le
pareció normal en su rutina de divorciado. Desde que Elizabeth y él se habían separado
en los mejores términos, dos años antes, el niño vivía con su padre, y alternaba sus días
entre la casa de éste y la de su madre. Pero en vista de que la puerta de Elizabeth
estuvo con candado no sólo el fin de semana, sino también el lunes, Juan Miguel empezó
a hacer averiguaciones. Fue así como descubrió la mala noticia que ya empezaba a ser
de dominio público en la ciudad de Cárdenas: la madre de Elián se lo había llevado para
Miami, junto con 12 personas más, en un bote de aluminio de cinco metros y medio de
largo, sin salvavidas y con un motor decrépito muchas veces remendado.
Era el 22 de noviembre de 1999. “Aquel día se me acabó la vida”, dice Juan Miguel
cuatro meses después. Desde que se divorciaron había mantenido con Elizabeth una
relación cordial y estable, pero más bien insólita, pues siguieron viviendo bajo el mismo
techo y compartiendo sus sueños en la misma cama, con la esperanza de lograr como
amantes el hijo que no habían podido tener de casados. Parecía imposible. Elizabeth
quedaba encinta, pero sufría abortos espontáneos en los cuatro primeros meses de
embarazo.
Al cabo de siete pérdidas, y con una asistencia médica especial, nació el hijo tan
esperado, para el cual tenían previsto un nombre único desde que se casaron: Elián.
El nombre ha llamado la atención fuera de Cuba. Se ha escrito sin rubor que Elián era su
patriarca bíblico, y un periódico lo ha celebrado como un hallazgo de Rubén Darío. Para
los cubanos, en cambio, Elián es un nombre como cualquiera de los muchos que ellos
inventan a espaldas del santoral: Usnavi, Yusnier, Cheislisver, Anysleidis, Alquimia,
Deylier, Anel. Sin embargo, lo que hicieron Elizabeth y Juan Miguel fue crear para el
recién nacido un nombre equitativo con las tres primera letras del nombre de ella,
Elizabeth, y las dos finales del nombre de Juan.
Elizabeth tenía 28 años cuando se llevó al niño para Miami. Había sido una buena
estudiante de hotelería, y seguía siendo simpática y servicial como camarera de primer
grado en el hotel Paradiso-Punta Arenas de Varadero.
Su padre dice que a los 14 años estaba ya enamorada de Juan Miguel González, y se
casó con él a los 18. “Éramos como hermanos”, dice Juan Miguel, un hombre pausado,
de buen carácter, que también trabaja en Varadero como dependiente cajero en el
parque Josone. Ya divorciados y con el niño, Juan Miguel y Elizabeth siguieron viviendo
juntos en la ciudad de Cárdenas -donde nacieron y vivieron todos los protagonistas de
este drama- hasta que ella se enamoró del hombre que le costó la vida: Lázaro Rafael
Munero, un guapo de barrio, mujeriego y sin empleo fijo, que no aprendió el judo como
cultura física, sino para pelear, y lo habían condenado a dos años de cárcel por robo con
fuerza en el hotel Siboney de Varadero. Juan Miguel, por su parte, se casó más tarde con
Nelsy Carmeta, con quien hoy tiene un hijo de seis meses que fue el amor de la vida de
Elián hasta que Elizabeth se lo llevó para Miami.
Juan Miguel no tuvo que perder tiempo para saber dónde estaba su hijo, porque en el
Caribe se sabe todo. “Inclusive antes de que suceda”, como me dijo uno de mis
informantes. Todo el mundo sabía que el promotor y gerente de la aventura había sido
Lázaro Munero, que había hecho por lo menos dos viajes clandestinos a los Estados
Unidos para preparar el terreno. Así que tenía los contactos necesarios y bastantes
agallas para llevarse no sólo a Elizabeth con el hijo, sino también a un hermano menor,
a su propio padre, con más de setenta años, y a su madre, todavía convaleciente de un
infarto. Su socio en la empresa se llevó a la familia completa: su mujer, sus padres y su
hermano, y a una vecina de enfrente cuyo esposo la esperaba en los Estados Unidos. A
última hora, mediante el pago de mil dólares cada uno, se embarcó una muchacha de 22
años, Arianne Horta, con su hija de cinco años, Esthefany, y con Nivaldo Vladimir
Fernández, marido de una amiga.
Una fórmula infalible para una buena recepción migratoria en los Estados Unidos es
llegar como náufrago a sus aguas territoriales. Cárdenas es un buen punto de partida
por su cercanía con la Florida, y por sus recodos marinos resguardados por manglares
difíciles para los guardacostas que patrullan sus aguas. Además, el arte regional de
barcas para la pesca en la vecina ciénaga de Zapata y la laguna del Tesoro facilita la
materia prima para la construcción de embarcaciones ilegales. En especial, los tubos de
aluminio para regadíos de cítricos, que se venden como pan barato cuando ya no sirven
para nada. Se dice que Munero debió gastarse unos 200 dólares en billetes y 800 pesos
cubanos más entre el motor y la construcción de la lancha. El producto final fue una
chalupa no más larga que un automóvil, sin techo ni asientos, de modo que los
pasajeros debieron viajar sentados en el fondo y a pleno sol. Se supone que el bote
estaba listo desde septiembre pasado, a la espera de que pasara la estación de los
huracanes. El motor fuera de borda no fue el que más les convino, sino el que pudieron
encontrar con muchos años de zozobras en el estrecho de la Florida. Tres neumáticos de
automóvil se embarcaron como salvavidas para 14 personas. No había sitio para uno
más. Los tres eran negros, tal vez por la superstición caribe de que ese color ahuyenta
los tiburones, que son cegatos por naturaleza. Antes de partir, la mayoría de los
pasajeros se inyectaron Gravinol intravenoso para evitar el mareo.
Parece que habían zarpado el 20 de noviembre desde un manglar en las inmediaciones
de Jagüey Grande, muy cerca de Cárdenas, pero tuvieron que regresar por una falla del
motor. Allí permanecieron escondidos dos días, a la espera de que lo repararan, mientras
Juan Miguel creía que el hijo estaba ya en Miami. Esta primera emergencia sirvió para
que Arianne Horta comprendiera que el riesgo de la aventura era excesivo para la hija, y
resolvió dejarla en tierra con su familia para llevársela más tarde por una vía segura. Se
ha dicho también que Elián tomó conciencia allí mismo de los peligros de la travesía, y
lloraba a grito herido para que lo dejaran. Munero, temeroso de que los descubrieran por
el llanto, amenazó a la esposa: “O lo callas tú o lo callo yo”.
En definitiva, zarparon al amanecer del 22, con buena mar, pero con mal motor. Con un
tiempo como aquél, el viaje puede hacerse entre 48 y 72 horas, con un barco de poco
impulso. Los relatos que los sobrevivientes hicieron a la prensa en la Florida después del
naufragio, y los que aumentaron por teléfono a sus familias de Cárdenas, volvieron de
dominio público los pormenores pavorosos de la tragedia. Sus versiones son las únicas
posibles mientras no se conozca la de Elián. Según ellos, a la medianoche del 22, los
responsables del viaje desmontaron el motor desahuciado y lo tiraron en el mar para
aligerar la carga. Pero la barca, descompensada, dio una voltereta de costado y todos los
pasajeros cayeron al agua. Sin embargo, una suposición de expertos es que la voltereta
pudo haber roto las frágiles soldaduras de los tubos de aluminio, y la barca se hundió.
Fue el final, en una noche negra y en un infierno de pánico. Las personas mayores que
no sabían nadar debieron ahogarse al instante. Un factor contra la mayoría debió ser el
Gravinol, que, en efecto, evita el mareo, pero provoca somnolencia y entorpece los
reflejos. Arianne y Nivaldo se agarraron a uno de los neumáticos; Elián y tal vez su
madre se agarraron de otro. Nada se supo del tercer neumático. Elián sabe nadar, pero
Elizabeth no sabía, y bien pudo soltarse en medio de la confusión y el terror. “Yo vi
cuando mamá se perdió en el mar”, diría el niño a su padre después por teléfono. Lo que
es difícil de entender, aunque merece ser cierto, es que ella tuvo la serenidad y el
tiempo para darle al hijo una botella de agua dulce.
Con sus datos erróneos, Juan Miguel tuvo el presagio de la tragedia antes de que
ocurriera. Había llamado varias veces a su tío Lázaro González, que vive en Miami desde
hace años, e hizo averiguaciones de llegadas clandestinas o naufragios recientes, pero
no le dieron razones de nada.
Por fin, al amanecer del jueves 25 estallaron las noticias sucesivas. El cadáver de una
mujer mayor fue encontrado en la playa por un pescador. Más tarde aparecieron vivos
Arianne y Nivaldo, aferrados a uno de los neumáticos. Poco después se supo que un niño
había aparecido frente a Fort Lauderdale, inconsciente y escaldado por el sol, y no
amarrado, sino acostado bocarriba sobre otro neumático. Era Elián, el último
sobreviviente.
La determinación de Juan Miguel desde que lo supo fue hablar por teléfono con el niño,
pero no sabía adónde. El 25 lo llamó un médico de Miami para informarse de las
enfermedades que Elián había tenido, las medicinas que toleraba mal, las operaciones
que le hubieran hecho. Entonces supo con una gran alegría que era el mismo Elián quien
había dado en el hospital el nombre de su padre y el teléfono y la dirección de su casa
en Cárdenas.
Juan Miguel dio los datos solicitados por el médico, y éste volvió a llamarlo el día
siguiente para que hablara con Elián. Conmovido, pero con voz firme, Elián le contó a su
padre cómo había visto ahogarse a su madre.
También le dijo que había perdido la mochila y el uniforme de la escuela; Juan Miguel lo
interpretó como un síntoma de desorientación y trató de ayudarlo. “No, papo”, le dijo,
“el uniforme tuyo está aquí y la mochila la tengo para cuando vuelvas”. Sin embargo,
también es posible que Elián tuviera otro juego de útiles en casa de su madre o que se lo
hubieran comprado a última hora para que no insistiera en volver a su casa. Su apego a
la escuela, que es famoso entre sus maestros y condiscípulos, así como sus deseos de
volver a clase, tuvieron una demostración palmaria unos días después, cuando habló por
teléfono con su maestra: “Cuídenme bien mi pupitre”.
Desde las primeras llamadas, Juan Miguel se dio cuenta de que alguien en Miami
entorpecía las conversaciones telefónicas con su hijo. “Es bueno que usted sepa que
desde el principio hacían todo lo posible para sabotearnos”, me dijo. “A veces le hablan a
gritos al niño mientras conversamos, suben al máximo el volumen de los dibujos
animados en la televisión o le ponen un caramelo en la boca para que no se le entienda
lo que dice”. Estas artimañas fueron sufridas también en carne propia por Raquel
Rodríguez y Mariela Quintana, las abuelas de Elián, durante su tormentosa visita a
Miami, cuando un agente de la policía, a órdenes de una monja frenética, les arrebató el
teléfono celular con que ellas daban noticias del niño a sus familias de Cuba. La visita,
que había sido prevista para dos días, se redujo al final a 90 minutos, con toda clase de
interrupciones provocadas y con no más de un cuarto de hora a solas con Elián. De
modo que volvieron a Cuba escandalizadas de cuánto lo habían cambiado. “Éste no es el
mismo niño de antes”, dijeron, atribuladas por la timidez y el retraimiento del que
recordaban como un niño vivaz, inteligente y con una aptitud admirable para el dibujo.
“¡Hay que salvarlo!”.
A nadie en Miami parece importarle el daño que le están causando a la salud mental de
Elián con los métodos de desarraigo cultural a que lo tienen sometido. En la fiesta de sus
seis años, que cumplió el pasado 6 de diciembre en el cautiverio de Miami, sus
anfitriones interesados lo retrataron con casco de combate, rodeado de armas mortíferas
y envuelto en la bandera de los Estados Unidos, poco antes de que un niño de su edad
asesinó a tiros de revólver a una compañera de escuela en el Estado de Michigan. No
eran juguetes de amor, por supuesto, sino síntomas inequívocos de una conspiración
política que millones de cubanos atribuyen sin reservas a la Fundación Cubano-
Norteamericana, creada por Jorge Mas Canosa y sostenida por sus herederos, que al
parecer está gastando millones de dólares para que Elián no sea devuelto a su padre. Es
decir: el verdadero naufragio de Elián no fue en alta mar, sino cuando pisó la tierra firme
en los Estados Unidos.
La rabia de los cubanos ante esta expropiación insólita tiene pocos precedentes aun en
su propia revolución. La movilización popular y el torrente de ideas que se ha generado
en el país para exigir el regreso del niño usurpado es espontánea y espectacular. Con
una novedad: la participación masiva de la juventud y la infancia. El poeta católico Cintio
Vitier, asombrado por la torpeza de los Estados Unidos, escribió en un poema para Elián:
“¡Qué tontos! Nos han unido para siempre”. Desde la otra orilla, un desafecto a la
revolución dijo lo mismo de otro modo: “Los yanquis son tan brutos que han arrojado a
la juventud cubana en brazos de Fidel”.
Sin embargo, la empresa para quedarse con Elián tiene plata y poder, aun contra los
órganos de justicia de los Estados Unidos, cuyo Servicio Nacional de Inmigración (INS)
reconoció a Juan Miguel el pasado 5 de enero como la única persona habilitada para
representar al niño y actuar en su nombre. El 24 de enero, la secretaria de Estado
adjunta para asuntos consulares, embajadora Mary A. Ryan, pidió de manera expresa y
pública que el niño fuera devuelto a su padre a la mayor brevedad, y advirtió que una
decisión contraria “estará en total desacuerdo con los principios que nosotros
defenderíamos en el caso de un niño norteamericano”. El presidente Clinton declaró para
la prensa: “En este caso no debe interferir ningún asunto político, sino respetar la
decisión del INS”.
No parece casual hasta qué punto el tema de la patria potestad ha incidido en las
tensiones entre los Estados Unidos y la revolución cubana desde sus orígenes. En 1960,
bajo la Administración de Eisenhower, cuando la CIA inventó letra por letra y puso a
circular en Cuba una falsa ley según la cual los niños cubanos serían arrebatados a sus
padres por el Gobierno revolucionario y enviados para adoctrinamiento precoz en la
Unión Soviética. Infundios aún más truculentos decían que los niños más apetitosos
serían enviados a los mataderos de Siberia para que los devolvieran como carne
enlatada, y que cincuenta madres de Bayamo, en el oriente de Cuba, habían preferido
matar a sus hijos menores antes que someterlos a la ley siniestra. Esto fue lo que los
mismos Estados Unidos bautizaron como la operación Peter Pan.
A pesar de los desmentidos formales de Cuba, el Gobierno de Eisenhower llegó a un
acuerdo secreto con la Iglesia católica norteamericana para que los padres cubanos
pudieran enviar a sus hijos a los Estados Unidos sin padres, ni pasaporte ni equipaje. El
éxodo desgarrador, en el cual invirtieron los Estados Unidos 28 millones de dólares, se
convirtió en una comunidad de falsos huérfanos integrados a la fuerza en la cultura
norteamericana.
¿Sería perverso asociar el caso de Elián con el fantasma de una nueva operación Peter
Pan? No he podido evitarlo al escuchar el alegato público de un distinguido abogado de
los servicios de inmigración de Miami, José Pertierra, que llegó de Cuba a los 12 años en
aquel torrente de hijos sin padres, y acaba de hacer por televisión un alegato público
para que se reconozca la patria potestad al padre de Elián. “Ni la familia que está en los
Estados Unidos dice que este padre es un mal padre”, dijo el doctor Pertierra. “Lo que
dicen es que no les gusta la política de Fidel Castro, pero Fidel Castro no es el padre de
este hijo”. Al final de la entrevista dejó flotando un grano de pimienta en la sopa. “Lo
más preocupante”, dijo, “es que los jueces de la Florida son electos, y devolver este niño
a Cuba podría costarle la elección a un juez de Miami”. Por lo pronto ha llamado la
atención que el juez King, el primero que debía decidir esta causa, tuvo que declararse
impedido por sus vínculos con la Fundación Cubano-Norteamericana. Su sucesor, el juez
Hoeveler, sufrió un dudoso derrame cerebral. Michael Moore, el juez actual, no parece
tener mucha prisa para fallar antes de las elecciones.
De todos modos, a muchos cubanos les inquieta que el Gobierno de Clinton no se atreva
a devolver al niño, a pesar de sus leyes y sus propias convicciones, por temor de que el
candidato demócrata, Al Gore, pierda los votos de la Florida. Sin embargo, la pérdida
jurídica e histórica puede ser para los Estados Unidos mucho más costosa que la
electoral, pues más de 10.000 niños norteamericanos andan hoy por el mundo, sacados
de su país por uno de sus padres sin autorización del otro. Lo grave para ellos es que si
los cónyuges que se quedaron en los Estados Unidos quieren recuperarlos, el precedente
de Elián podrá ser usado para impedirlo.
La Habana, 15 de marzo de 2000
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Fuente: Tabloide 21.3.2000

Con otro Elián después de Elián, ¿qué harían los
norteamericanos?
Por: ROSA MIRIAM ELIZALDE
En este mismo minuto, las cabelleras errantes de los ahogados en un nuevo naufragio
pueden andar rondando a algún niño nuestro en el estrecho de la Florida. Un niño que
horas antes dormía o jugaba, que iba a la escuela o al círculo infantil, inocente a una
estadística aterradora: cada día, al menos cuatro menores surcan de la mano de sus
padres, la mayoría en lanchones piratas, las 90 millas que separan la Isla de Estados
Unidos. Esa criatura, que difícilmente logre sobrevivir al pavoroso aliento de los
tiburones, a la zozobra de la embarcación, a la furia de las olas, al tiempo detenido o al
aire muerto del mar —quizás a todo eso junto—, llevará consigo sólo su propio ámbito
de silencio y desesperación, preguntándose asombrado por qué le ha tocado en suerte
tan precipitado y trágico final.
No nos engañemos. El abrazo de Elián con su padre, ese deseo íntimo que nos ha
lanzado a las calles por más de siete meses, es sólo una breve escala feliz en el largo
camino hacia el desmontaje definitivo de “esa diabólica máquina de matar”, como ha
llamado Fidel a la Ley de Ajuste Cubano. Mientras esa Ley siga lanzando al mar a
hombres y mujeres alucinados por la idea de un paraíso material, muchos Elianes
correrán el riesgo de encontrar sepultura en el mar de los sargazos al que han temido,
desde la aventura de Colón, los más recios navegantes de las inmensidades oceánicas.
Desgraciadamente, la manipulación del tema ha convertido en un matadero el foso que
separa a los dos países. En un matadero y en un negocio redondo para los traficantes de
seres humanos, que aprovechan a fondo las trampas de la ley y usan y abusan, como
era previsible, de la impunidad que esta les otorga. Hasta hoy ni un solo contrabandista
ha sido juzgado en ese país por tráfico ilegal de personas, y mucho menos se ha hablado
con claridad del asunto en los medios de prensa, ni siquiera para reconocer que el
asunto se está volviendo demasiado peligroso, en primer lugar, para la soberbia nación
norteamericana.
Para los sistemas informativos imperiales, excesivamente pendientes de la meteorología
política norteamericana, el “balsero” ha terminado siendo, si acaso, un remedo
caricaturesco entre Robinson Crusoe y Rambo, náufrago de la libertad que desafía
horribles peripecias marinas, siempre menos espantosas que las vividas en la Isla
satánica. Pero con el caso de Elián, la verdad sobre la Ley de Ajuste Cubano se ha
estado filtrando en los propios hogares norteamericanos. Después de 34 años con
semejante engendro legislativo, los propios estadounidenses se preguntarán por qué
mantener una ley que otorga un estatus especial y exclusivo para los ciudadanos
cubanos que ingresen ilegalmente en su territorio.
“Hay que desinflar ese globo —comenta Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea
Nacional y asesor de Juan Miguel González durante la batalla legal por el retorno de Elián
a su casa. Pareciera como si todos los cubanos que están allá se hubieran ido en balsa, y
eso es falso. La inmensa mayoría fueron en vuelos regulares, desde los famosos puentes
aéreos, los llamados “vuelos de la libertad”, hasta los 20 000 y tantos que se han ido
cada año después de los acuerdos migratorios.
“Si tú revisas las cifras del censo del INS (Servicio de Inmigración y Naturalización de
EE.UU.), en el acápite de lo que se define científicamente cubano —nacidos en Cuba—
que hay allá y que no llega al millón ni mucho menos, se puede demostrar fácilmente
que la mayoría se fue en avión. Si después se le agrega los que emigraron hasta los
acuerdos migratorios. Hasta ese día nadie navegó noventa millas —salvo que haya sido
el tipo con más mala suerte del planeta. La persona salía a la alta mar a buscar al
guardacostas y subía a cubierta, le daban una coca cola, un sandwichito y la llevaban. El
viaje era en guardacostas y Basulto (José, cabecilla de la Organización Hermanos al
Rescate) vivió del negocio de avisar dónde recoger a los “balseros”. Y ni siquiera en el
94, cuando los interceptaban igual, sólo que cambiaba la dirección: a la Base de
Guantánamo.”
SUBTITULAR: ¿QUIÉNES SON?
—Según las declaraciones de los propios inmigrantes devueltos por los guardacostas,
hay un 20 por ciento de ilegales que no devuelven. ¿Por qué?
—Esa es una de las razones por las cuales la gente se arriesga. ¿Quiénes son? Habría
que preguntarle a ellos. En algunos casos se ha podido deducir por qué. Ellos entrevistan
a la gente, hablan con ellos y hacen una selección. En el INS hay especialistas que se
dan cuenta de cuándo están hablando con un lumpen o con un universitario. A estos
últimos los separan. Puede ser que haya gente que tenga otras cosas “profesionales”: un
traidor, un militar que pueda demostrar que efectivamente lo fue. Ha habido casos así.
“Hay situaciones previsibles. Un caso como el de Elián, por ejemplo, era normal que lo
llevaran a tierra a un hospital. El primer paso es apoyarlo desde el punto de vista de la
salud. Por esa vía algunos van a parar a Estados Unidos, como la famosa haitiana
embarazada que necesitaba un médico —no iba a atenderla un salvavidas y la llevaron a
tierra. El asunto es que, cuando eso ocurre con un cubano, se forma todo el brete.
“Ellos dicen que en realidad no son tantos los que dejan. Muchas veces, después que
averiguan, los mandan de vuelta. Claro, estamos hablando sin tener muchos datos
objetivos. Uno sabe más o menos estas cosas hablando con los que devuelven, que
dicen: ‘Nosotros éramos ocho’, y acá le preguntan: ‘¿Cómo ahora son seis?’
“Este último caso es muy interesante: los dos que dejaron del lado de allá fueron los dos
contrabandistas que organizaron el viaje. Y ellos deben tener entre los que requisan
estos viajes a ‘gente de todas las agencias’, como dicen ellos, que puedan ayudarlos: de
la CIA, del FBI, aparte de los funcionarios de inmigración.”

 

(Cont….