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Tres siglos y un mismo combate

Por: FRANK AGUERO

Desde los intentos infructuosos de comprar a España la Mayor de Las Antillas hasta el inmerecido y cruel encierro de cinco cubanos por más de una década con el burdo pretexto de que realizaban espionaje para su país, la política de Estados Unidos hacia su vecino del sur ha sido siempre la misma.

Imperial y prepotente, la califican muchos; errática y fracasada, la consideran algunos. No faltan ejemplares de una fauna política en extinción, concentrada mayormente en Miami, que abogan por endurecerla y esperan ansiosos la aparición del Emperador capaz de arrasar el ejemplo de la Revolución cubana.

Tres siglos han transcurrido, cambió de color el mapa político del mundo, la ciencia y la tecnología han desplegado audaces invenciones que revolucionan desde las técnicas de producción hasta las comunicaciones, los conceptos socialismo y justicia social ya no son exclusivos de los tradicionales partidos de izquierda en el continente.

A pesar de estos hechos, los gobernantes del país más poderoso del mundo insisten en ignorar algo esencial: el derecho de las naciones a dirigirse soberanamente y de los pueblos a escoger libremente el régimen y a los gobernantes que deseen.

Con el caso de Cuba, la persistencia de esa actitud va asociada, evidentemente, a las ventajas naturales y estratégicas que poseía el archipiélago caribeño en el contexto regional, lo cual lo hacia presa preferida de la metrópoli ibérica y añorada por el naciente imperio que José Martí avizoró y denunció por su nombre.

Conocedor profundo de lo que podría esperar a su Patria, el Apóstol de la independencia, confesó a su amigo mexicano Manuel Mercado, un día antes de caer en combate:”Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber….de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuánto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”

Él había vivido casi quince años en aquel país, admiraba su pujante desarrollo tecnológico, cultural y científico-técnico, pero también advirtió antes que otros la presencia en su sistema de rasgos imperiales que se proyectarían contra el continente.

La negativa de España a ceder por dinero el territorio de la “siempre fiel” perla del Caribe, frente a la competencia con la orgullosa Albión, no hizo que los gobernantes norteamericanos desistiesen de su idea de poseer a Cuba. Tampoco el fracaso de los intentos anexionistas.

Se dedicaron entonces a esperar que la Corona se desgastase en la guerra que los cubanos emprendieron solos por su cuenta, aunque con algunos aportes de gobiernos como los de Perú y Honduras y de cientos de combatientes no nacidos en la isla que, a título personal, se sumaron a la causa, entre ellos españoles y norteamericanos.

El desconocimiento de la beligerancia de los independentistas de la isla implicó la ausencia de ayuda oficial a su causa y la colaboración con las autoridades coloniales en labores de espionaje, al tiempo que esperaban las condiciones para introducir las tropas yanquis en el conflicto.

Logran al fin su objetivo, pese a la oposición de prestigiosos jefes mambises, siguiendo el sentir de la mayoría de los combatientes, una vez derrotada España.

La injerencia vino en forma de opción única: o se aprobaba la Enmienda Platt, apéndice constitucional, con la facultad de intervenir en la isla y su base naval plantada en el oriente del archipiélago, o no habría república independiente.

Mancillaron así la sangre numerosa que anegaba el suelo cubano y el sacrificio de familias enteras arruinadas. Sembraron la confusión entre las filas de los patriotas con ayuda de elementos serviles a la política del imperio, y luego introdujeron su andamiaje de penetración neocolonial. El sueño imperial se había realizado.

SEGUNDO Y ÚLTIMO ACTO

La historia en adelante es más conocida, aunque no siempre debidamente relacionada con los orígenes del actual diferendo o, más bien, de la mala conducta del Gobierno de Estados Unidos con respecto a Cuba.

No por gusto, el líder de la Revolución, Comandante en Jefe Fidel Castro, ha señalado recientemente que la lucha armada que dio al traste con el régimen dictatorial de Fulgencio Batista, el último de los prohijados por los gobernantes del norte, tal vez no hubiera sido posible sin la intervención y ocupación militar por las tropas yanquis en 1898, la Enmienda Platt y el coloniaje económico y político que esta trajo en los asuntos de la nación.

Para evitar se repitiera aquel fenómeno que distorsionó el final de la heroica guerra librada contra España, el Jefe del Ejército Rebelde, advirtió claramente a los adversarios que vinieron a pactar la rendición de las fuerzas de la tiranía, ya en diciembre de 1958, luego de la incuestionable derrota de la ofensiva de las tropas gubernamentales.

Les dijo claramente: no podría haber golpe militar desde La Habana ni solicitud a la Embajada norteamericana para impedir el inminente triunfo de la insurrección armada que tendría su punto culminante con la huelga en las ciudades.

La Revolución alcanzó el Primero de Enero de 1959 la victoria negada a los luchadores del siglo XIX y a los combatientes antiimperialistas de la década del 30, y logró instaurar el gobierno de los humildes, por los humildes y para los humildes, desterrando para siempre el complejo de frustración que había ahogado las ansias de soberanía y justicia social .

Como si no bastase la historia de casi dos siglos de maquinar contra la voluntad de la mayor de las Antillas, diez administraciones de Estados Unidos de América han mantenido la política de entorpecer y destruir la obra creadora del pueblo cubano, adicionalmente meritoria por haber sido realizada en un país carente de recursos naturales, sucesivos obstáculos externos y con abundantes sacrificios humanos.

Los adversarios de la nación cubana han acudido a todos los procedimientos sucios desde el sabotaje, la propaganda negra, la invasión armada, el mercenarismo, terrorismo dentro y fuera de la isla , intentos de magnicidio, el bloqueo, la guerra económica y la perenne agresión ideológica que trata de presentar la experiencia cubana como un fracaso sin sentido.

Cincuenta años ininterrumpidos de guerra no declarada contra una nación, la más larga en la historia moderna, que ha costado a la Perla de las Antillas más de tres mil muertos, secuelas en más de dos millares y daños materiales y humanos que exceden los 300 mil millones de dólares, sin contar los efectos acumulados del bloqueo económico y financiero que sumó a finales de 2007 más de 89 mil millones.

Denigran y se burlan sistemáticamente de lo que Cuba ha conquistado, incontrastable con la pésima herencia que la sumisión y el neoliberalismo han dejado a los pueblos del Tercer Mundo.

Cuando no les queda más remedio que admitir sus enormes progresos, sobre todo en la formación de recursos humanos, conspiran para robarse los talentos y músculos que la Revolución descubrió y cultivó, adormeciéndolos con el resplandor de la propaganda embriagadora a los más débiles ideológicamente.

Pero con Fidel, las viejas y nuevas generaciones de patriotas insisten en que jamás tendrán a Cuba.

Tres siglos de enfrentamiento a las pretensiones imperiales han formado una sólida conciencia nacional que ha rechazado la injerencia y se niega a esperar en calma el próximo golpe de los que sueñan con la anexión de su Patria.

Por eso, no es de extrañar que en la actualidad, cualquier adulto o niño cubano, de los casi 8 millones nacidos después de 1959, sienta como suya la injusticia a que están siendo sometidos los cinco compatriotas que permanecen en cárceles norteamericanas, extinguiendo inmerecidas penas por oponerse al terrorismo y a los que se empeñan en virar hacia atrás la historia de la nación.

O mejor dicho, si son responsables, culpables de ser patriotas, seguidores de los héroes que aprendieron a querer desde la escuela y el hogar, y como ellos luchadores frente a los mismos adversarios contra los que batallaron sus padres y abuelos.