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Fidel Castro: de cuerpo entero

Por: JORGE GÓMEZ BARATA

Fidel Castro ha sido la figura central del paisaje político cubano en los últimos cincuenta años, en los que también ocupó grandes espacios en el acontecer político de Latinoamérica, el Tercer Mundo y todo el ámbito internacional. No hay escala para medir el impacto de su obra, la profundidad de su predica y la autenticidad de su liderazgo. Adorado o demonizado, el Jefe de la Revolución Cubana es históricamente imprescindible.

El hombre que condujo la única guerra de liberación nacional triunfante en Iberoamérica en doscientos años, artífice del primer estado socialista en occidente que, en su diseño original sobrevivió a la debacle del socialismo eurosoviético, el estadista que ha soportado la hostilidad de diez presidentes y 15 administraciones norteamericanas, sobrevivido a cientos de planes para asesinarlo y vive para contarlo, recientemente pidió a sus compañeros que no lo reeligieran para sus altos cargos. La gran prensa se atuvo al estereotipo, ignoró el matiz y propaló la especie de que había renunciado.

Para quienes lo conocen la idea de “renunciar” a sus responsabilidades, jamás pasó por su mente, entre otras cosas, porque de hecho esa figura no existe en la práctica política y administrativa cubana donde ─ con razón o sin ella ─ la renuncia es considerada como una virtual deserción. Como otras veces, Fidel optó por la fórmula correcta y lo hizo a su manera.

Un antecedente demostrativo de que no improvisó, tuvo lugar en 1993, en medio de la crisis que se precipitó sobre Cuba al desaparecer la Unión Soviética. En el marco de las elecciones celebradas aquel año, la periodista Diane Sawyer de la televisora ABC le preguntó: “¿Dentro de cinco años será otra vez candidato?

”…Espero que mis compañeros no me exijan que dentro de cinco años vuelva a ser postulado…”

Las cosas no resultaron como él hubiera querido y fue electo presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros en 1998 y 2003 y, aunque la edad y la fatiga provocada por una vida extraordinariamente activa, saturada de tensiones, emociones y riesgos se hacían visibles, el líder cubano cumplía eficientemente con su trabajo y atendía sus responsabilidades hasta que, el 31 de julio de 2006, el pueblo cubano y la opinión pública mundial fueron impactadas: Fidel estaba enfermo, un trastorno intestinal lo llevó al quirófano y lo colocó ante una nueva batalla, esta vez por su vida.

Conociéndolo como lo conocen los cubanos, no hacían falta más detalles: grave debía ser la dolencia que amenazaba con doblegar al recio Caguairán Comenzó una angustiosa cuenta regresiva. Muchos lloraron no porque tuvieran miedo sino porque tenían afectos. Él no es todo pero sin él nada sería igual.

Meses después el Comandante se repuso, aunque no lo suficiente para retornar a sus labores habituales que demandan una salud y unas energías que ya no tiene. Quince años después, de su revelación a la periodista norteamericana, le pidió a sus compañeros que no lo eligieran. No sólo no renunció sino que se colocó en condiciones de conducir el relevo. En lo adelante seria un soldado de las ideas.

Se abrió así un nuevo capitulo del ciclo iniciado 81 años atrás cuando en Birán, una comarca del oriente cubano en el seno de una familia formada por Ángel Castro, un emigrante gallego y la criolla Lina Ruz, el 13 de agosto de 1926 vino al mundo Fidel Castro. En la escuelita fundada por su padre aprendió las primeras letras, para continuar estudios como interno en escuelas católicas hasta que en 1941 fue matriculado en el Colegio Jesuita de Belén en La Habana donde cursó el bachillerato.

Por haber nacido en 1926, su infancia y primera juventud transcurrieron en el período de “estabilidad democrática” abierto por el movimiento popular que en 1933 derrocó al dictador Gerardo Machado. En la peculiar coyuntura histórica creada por la lucha antifascista durante la II Guerra Mundial cuando la Unión Soviética y Estados Unidos fueron aliados, el movimiento popular cubano registró importantes avances, entre los cuales figuró la convocatoria de la Asamblea Constituyente que en 1940 redactó una avanzada Carta Magna. Paradójicamente, el primer presidente electo bajo aquella Constitución fue Fulgencio Batista. Fidel contaba entonces con 14 años y Batista 39. Ninguno podía adivinar el formidable duelo que los enfrentaría.

En 1945 ingresó en la Universidad de La Habana. Hijo de terrateniente y ex alumno jesuita, no eran precisamente credenciales que auguraran a un izquierdista. En aquel plantel, una universidad tradicional, predominantemente habanera, blanca, aburguesada y políticamente controlada por elementos gansteriles de los partidos tradicionales, pulió sus primeras armas, se familiarizó con las ideas socialistas y antes que abogado se hizo revolucionario. Estudiante todavía se enroló en una expedición para en Santo Domingo luchar contra el dictador Rafael Leonidas Trujillo y un año después intervino en la rebelión que en 1948 estalló en Colombia como consecuencia del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, conocida como El Bogotazo.

En 1952, año en que Fulgencio Batista, en connivencia con la oligarquía nativa y bajo la mirada tolerante del imperio, protagonizó un golpe estado que canceló las esperazas populares de que fuerzas sanas, capaces de frenar el clima de corrupción y entrega reinante en el país, llegaran al poder se graduó como abogado.

El golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 fue para el revolucionario en ciernes una definición, un punto de no retorno, una situación que no podía ser aceptada y ante la cual no cabían las vacilaciones. Unos días después del cuartelazo escribió: “El momento no es político, es revolucionario” y meses más tarde, el 26 de julio de 1953, al frente de un movimiento que él mismo, en la más absoluta clandestinidad organizó, cohesionó, entrenó y armó, asaltó al cuartel Moncada, instalándose en los primeros planos de la política nacional.

Aquella acción fue como un tsunami político, un tirón en la conciencia nacional, un momento de definición histórica en el que, con un solo gesto y en un solo acto, se puso en crisis a la dictadura, se descalificó la politiquería tradicional, a sus espurios protagonistas y a sus mezquinos propósitos. “El 26 de Julio ─dijo Raúl─ fue el motor pequeño que echó a andar el motor grande”.

La innovación no consistió en acudir a la vía armada, que había sido utilizada masivamente en las luchas por la primera independencia, sino hacerlo en un contexto histórico y en las circunstancias de la Guerra Fría. Entre los significados de aquel acto está el haber retado a la oligarquía y roto la inercia de una clase política comprometida con el status quo. Al rebelarse del modo que lo hizo, Fidel confrontó el dogma de que: “Se puede luchar con el ejército, sin el ejército pero no contra el ejército”. La audacia y el éxito le proporcionaron un liderazgo hasta hoy nunca cuestionado ni desmentido.

El Moncada no fue una victoria militar, pero los perdedores de aquellas jornadas, no fueron los revolucionarios masacrados, asesinados y puestos tras las rejas, sino la oligarquía nativa, la burguesía dependiente del capital extranjero, los gobernantes sometidos al imperio, los politiqueros demagogos, corruptos y oportunistas que desde entonces hasta hoy, nunca más tuvieron oportunidades en Cuba.

El verdadero alcance de la acción fue revelado en “La Historia me absolverá”, alegato pronunciado por Fidel ante el tribunal que el 16 de octubre de 1953 lo juzgó por los sucesos del Moncada, el documento de mayor calado producido por la Revolución Cubana y que devino su programa: “El problema de la tierra, ─ enumeró Fidel ─ el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política…”

Al señalar la opción armada como el método de lucha, el 26 de julio fue la premisa para el desembarco del Granma y la guerra revolucionaria en la Sierra Maestra, que después de casi dos años de intensos combates y tras derrotar a las tropas de la tiranía asesoradas y armadas por los norteamericanos, puso en fuga al dictador.

Descabezada la tiranía comenzó lo que Fidel llamó la etapa más difícil, aunque también la más fecunda de la Revolución que con un dinamismo inédito, devolviendo golpe por golpe, profundizándose de un día a otro, cumplió las tareas de quebrar la espina dorsal a la oligarquía nativa, rescatar las riquezas nacionales, establecer la soberanía y la independencia política, enfrentar la contrarrevolución, derrotar la invasión imperialista por Playa Girón y proclamar el carácter socialista de la Revolución.

En aquellos días, cuando se fundaba el Estado revolucionario y se dictaban, una tras otras leyes de beneficio popular, como hijas de la vocación unitaria de Fidel, con la integración de las principales fuerzas participantes en la lucha contra la tiranía nació la organización política de la revolución, se crearon las milicias obreras, estudiantiles y campesinas, se fundaron los comités de defensa de la revolución, las organizaciones juveniles de nuevo signo; al tiempo que se revitalizaban y reorientaban los sindicatos y la Central Obrera y se creaban unas nuevas fuerzas armadas y organismos de orden público.

La pasión por el progreso y la justicia social no se detuvieron ante realizaciones monumentales que pronto parecieron elementales. Cumplida la reforma agraria y las nacionalizaciones, Fidel planteó como meta convertir a Cuba en una potencia médica y proclamó que el futuro del país inevitablemente sería un futuro de hombres de ciencia. Nada le parecía difícil y la palabra imposible fue desterrada de su vocabulario.

En su calidad de revolucionario habituado “a montar las ideas a caballo”, Fidel Castro concibió los programas y proyectos económicos, científicos y sociales más audaces que puedan ser imaginados: dar tierra a los campesinos, enseñar a los analfabetos, ofrecer trabajo a los obreros, esperanzas a los jóvenes, dignidad a la mujer, igualdad al negro y salud a todos. Nacido en cuna rica y cálido zurrón, asumió con rara intensidad la condición de los pobres y trabajó como nadie para ponerlos a salvo de la humillación que la miseria representa.

Cuando le dijeron que la mecanización de la cosecha azucarera era imposible invitó al primer ministro soviético para emprender juntos la tarea, porque no podía ser más difícil cortar la caña que ir al cosmos. Ante los argumentos de que la tierra en los trópicos es demasiado dura, encargó tractores más potentes y arados de mejor acero y cuando afirmaron que era muy calida para cosechar papas, encontró la manera de refrescar los campos.

Formar miles de médicos y especialistas de alta calificación, producir interferón, vacunas, medicamentos de tercera y cuarta generación, restaurar el sistema nervioso, realizar trasplantes, crear nuevas razas de ganado y variedades de pastos y de plantas, devolver la vista a millones de pobres latinoamericanos e impulsar una revolución energética y hacer de país una universidad, dejaban de ser sueños o aventuras cuando él las convertía en hechos.

Jamás jugó a ser Dios ni se creyó capaz de hacer nada solo, sino que confió una pléyade de magníficos colaboradores y en el pueblo que nunca lo defraudaron. De entre los cuadros fundamentales de la Revolución no surgió nunca un traidor. “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, más que una máxima preferida es para él un proyecto de vida.

La maquina de trabajar y de soñar encerrada en su anatomía no logró todas sus metas pero impulsó todos sus proyectos y todos sus sueños. Donde no logró lo óptimo se aproximó. Quererlo todo es para él la fórmula de lograr lo posible y cuando alguien le propone un poco más responde que un poco más no basta; una vez cuando fracasó, se irguió ante la adversidad y llamó a “convertir el revés en victoria”.

Naturalmente, nada de aquello podía ser hecho sin confrontar a la reacción mundial encabezada por Estados Unidos que, sin una sola razón ni un solo argumento moralmente atendible, lo convirtieron en su enemigo número uno. Fidel no hizo nunca nada contra el pueblo norteamericano, no le causó agravios ni heridas. Jamás conspiró contra sus líderes. Ser antiimperialista no significa para él ser antinorteamericano.

En el ámbito latinoamericano la Revolución Cubana significó una polarización extraordinaria. De una parte los gobiernos oligárquicos pro imperialistas que sin recato se alinearon junto a Estados Unidos, se sumaron al bloqueo, expulsaron a Cuba de la OEA, prestaron países como bases para la agresión a Cuba y cohonestaron la invasión mercenaria y de la otra los pueblos, la izquierda y las fuerzas progresistas.

En su entorno natural, la Revolución estimuló poderosamente a los agentes del cambio revolucionario, mostró no una receta sino una posibilidad y asumiendo todos los riesgos, ejerció una abierta solidaridad. No obstante, entre las diferentes fuerzas políticas latinoamericanas no hubo unanimidad sino un debate en torno a la viabilidad de la lucha armada y la existencia o no de condiciones objetivas y subjetivas para llevar a cabo la Revolución, que si bien fue fecundo, por momentos resultó estéril e infructuoso.

La suma de los elementos políticos, sociales y económicos puestos en movimiento por la Revolución Cubana promovió un ambiente en el que renacieron esperanzas, se profundizó la conciencia antiimperialista y maduraron las vanguardias que fueron más conscientes de sus responsabilidades y de su papel en la conducción del movimiento popular. La lucha guerrillera en varios países, los esfuerzos del pueblo panameño liderado por Omar Torrijos, el movimiento de los militares en Perú encabezado por Velasco Alvarado, la elección de Salvador Allende en 1970, y otros, fueron hitos en la historia contemporánea.

Nunca se sabrá, porque no existe manera de medirlo, cuanto hay de Fidel, de su talento y su liderazgo, de su carácter, sus enseñanzas y su entrega en la capacidad de resistencia de la juventud y la intelectualidad de izquierda latinoamericana que enteros hicieron frente a las dictaduras y la represión. De alguna manera está en el gesto sublime de Allende, en el martirologio de Víctor Jara y de los desaparecidos y los asesinados por la reacción a la que el imperio hizo creer que exterminando varias generaciones podía detener el avance de la revolución latinoamericana.

No hay que ocultar que por estar en todas partes como disuelto en el tiempo, Fidel está también en los reveses y en los errores que, en suma y combinados con los éxitos y los avances hacen parte de la realidad que preparó el camino para la América Latina de hoy.

En su tiempo conmovió y llamó a la reflexión que un hombre de las luces y las agallas del Che Guevara, en la hora de la despedida, con la inmolación como la perspectiva más cierta, dejara escrito: “Me enorgullezco de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu modo de pensar y de actuar…Nunca brilló tan alto un estadista…Y si bajo otro cielo me llega la hora definitiva mi último pensamiento será para Cuba y especialmente para ti…”

No obstante hubo más historia y en su tiempo y su tesitura, Chávez, Evo Morales, Ortega y otros que lo dicen a su manera o lo callan por razones comprensibles, ven en Fidel lo que es: un paradigma y un maestro, cuando menos una referencia ineludible del hombre que cree en todo lo que hace y no hace nada en vano.

En su conjunto, el asalto al Moncada, el desembarco del Granma y la guerra revolucionaria, configuran el proceso político más plural e inclusivo en toda la historia latinoamericana. La Revolución cubana no fue marxista ni liberal, tampoco socialdemócrata o de inspiración cristiana, no fue campesina ni proletaria, fue todo eso y más, fue esencialmente fidelista. Fidel dio el perfil a una época. El pueblo cubano, los latinoamericanos y tercermundistas lo premiaron con lo máximo: nunca antes una vanguardia revolucionaria contó con semejante capacidad de convocatoria.

Ninguna revolución evade su destino y la de Cuba no es una excepción. De desafíos al status quo y a las reglas establecidas, se transforman en poder y en estados, momento en que son atrapadas por las estructuras, los convencionalismos y la diplomacia. Quienes las inician pierden la inocencia antes que la juventud.

El dilema revolución y contrarrevolución es de vida o muerte. Los contrarios procuran aniquilarse mutuamente. La lucha abre brechas en las filas revolucionarias, hay protagonistas que se convierten en críticos, algunos en enemigos. Hay que seguir sin ellos, a veces contra ellos. Las fronteras de clases se graban en el alma y la escala de valores se modifica.

Estados Unidos reaccionó frente a la Revolución cubana de modo visceral y la Unión Soviética con oportunismo eficaz. Los primeros la hostilizaron injustificada y brutalmente y los segundos ejercieron una solidaridad que les permitió debutar en espacios políticos vedados por definición. Esa compleja dinámica explica por qué un proceso ajeno a los enfoques doctrinarios, ejemplarmente transparente e inequívocamente autóctono no consiguió evadir la contradicción Este-Oeste y fue empujada a tomar partido.

Por razones conocidas, aunque difíciles de resumir, el pueblo cubano, colocado en excepcionales coyunturas históricas acumuló experiencias políticas que naciones milenarias no han conocido. La última colonia de España, libró la primera guerra de liberación nacional, fue el primer país extranjero ocupado por los Estados Unidos y su primera neocolonia.

La Nación que derrotó a dos dictadores en la misma generación fue la primera en realizar la revolución por la vía armada; el primer Estado Socialista en el hemisferio occidental, el único país que Estados Unidos ha bloqueado, invadido y hostilizado durante 50 años sin poder derrotarlo, el único Estado del Tercer Mundo que ha participado con sus ejércitos en la liberación africana y el país que menos depende del capitalismo mundial y de sus instituciones.

En realidad, después de la muerte de José Martí y la intervención norteamericana que en 1898 frustró treinta años de lucha por la independencia, el pueblo cubano no dejó de luchar, aunque sus esfuerzos resultaron infructuosos. Todo terminó cuando: “Llegó el Comandante y mandó a parar”. Al nombre de Fidel y a su obra se asocian no sólo la consolidación y los avances del pueblo cubano y su unidad, sino también en considerable medida la cohesión alcanzada por el Tercer Mundo, el resurgir de la izquierda latinoamericana y la reivindicación de la solidaridad internacional. Dígase lo que se diga: Fidel es un antes y sobre todo un después.

El Fidel que todos conocemos, martiano ilustrado, devoto y consecuente, orgulloso de su obra y feliz por poder servir a su pueblo hasta el último aliento, es el gobernante más consagrado y abnegado de que se tengan noticias. En cincuenta años nunca se supo que tomara vacaciones, jamás se permitió placer alguno a cuenta del erario público o como símbolo de su poder. El hecho de que durante más de cuarenta años no dejaran de vestir su uniforme verde olivo y calzar sus botas guerrilleras es todo un símbolo.

Amante de los deportes y deportista él mismo, nunca asistió como espectador a una olimpiada o a un campeonato mundial, excepto los celebrados en Cuba y, cuando se percató de que las preocupaciones por su seguridad ocasionaban molestias al público, dejó de asistir a los juegos de béisbol en el estadio de La Habana. Para no dar un mal ejemplo, renunció a fumar los habanos que disfrutaba desde su juventud, en algún momento confesó que soñaba con ellos.

Aunque habituado a dirigirse a multitudes, habla en voz baja, como en un susurro. De hábitos colectivos prefiere los consensos y los acuerdos a las votaciones; jamás imparte órdenes en público, no regaña a sus colaboradores y sabe administrar la crítica. De hábitos frugales detesta la gula y la pereza y no tolera la autosuficiencia. Prefiere a quienes son capaces de “hacer cosas”, crucifica a los mentirosos y detesta a los charlatanes. Sanciona sin humillar y perdona sin ostentación. Apuesto y caballeroso se relaciona fácil con las mujeres que lo adoran y, aunque no hace de ello un motivo de discursos y consignas, prefiere y confía en los jóvenes.

Inquieto y con enorme capacidad de trabajo, friolento, tímido y resuelto, Fidel Castro es un ser gregario por excelencia, casi nunca está solo, gusta de la compañía y cultiva la amistad como una religión. Le bastan unas horas de sueño y jamás parece cansado. Aunque no es presumido, nunca aparece desaseado o descuidado. Lector apasionado le gusta aprender y se siente como pez en el agua cuando de explicar y difundir ideas se trata; de haberse dedicado a ello hubiera sido un excelente maestro.

Ignoro si Fidel cree o no Dios pero obviamente cree en lo mismo que cree Dios: en el hombre, en la bondad y la virtud y cree en el trabajo y el poder de la mente, conciencia y virtud son sus palabras más socorridas. Cuando se percata de que alguna de sus ideas no es bien acogida, se retira discretamente para reformularla y volver más adelante; como Jalisco, nunca pierde y cuando pierde…

No obstante, se trata de un humano, como todos vulnerable a la edad y las enfermedades, pero también de un héroe de nuestros tiempos, un adalid que como los de la mitología puede resurgir una y otra vez, como hace ahora cuando con mano firme y retaguardia segura, dejando en manos del mejor de sus compañeros la tarea de conducir la obra otro trecho. Como Fidel, Raúl hará lo que pueda y entre ellos y todos nosotros haremos que cada día la Revolución sea una obra mejor.

Ignoro como a Fidel le gustaría ser recordado, pero no encuentro nada mejor que parafrasear al Che Guevara, junto a él uno de los horcones de la nueva época: En su renuevo continuo e inmortal, Fidel es la imagen del pueblo.