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Antídoto para la orfandad del talento

Por: BÁRBARA AVENDAÑO

Gerardo Guillén es uno de los cubanos que vino al mundo tocado por la suerte. Cuatro años antes, en la isla donde naciera, el color de la esperanza matizó hacia el verde olivo, y hombres barbudos tiñeron de equidad la montaña y el llano con la magia única de su voluntad. El talento ya no transitaría huérfano por la vida. A mediados de enero de 1960, la vetusta sede de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana volvió a ser noticia. En la institución, que para el filósofo Enrique José Varona representó la mayor suma de cultura y saber que había producido nuestra patria, el Primer Ministro de la naciente Revolución prometía que su gobierno ofrecería oportunidades a la inteligencia. Los miembros de la Sociedad Espeleológica de Cuba, pertenecientes al círculo reducido de investigadores que hasta entonces existían en el país, presenciaron eufóricos e ilusionados el trascendental instante. Ellos, acostumbrados a luchar contra el prejuicio para innovar, esta vez sospecharon que pronto experimentarían los efectos de aquella inyección de optimismo. Las primeras pistas del futuro prometedor aparecieron apenas transcurridos 12 meses, con la campaña masiva de alfabetización. Un año después, a esta se le sumó la Reforma Universitaria, que introdujo la investigación científica en los centros de educación superior e inició un proceso de universalización de los estudios universitarios.

Al mismo tiempo se constituía la Academia de Ciencias de Cuba, para fomentar y organizar aceleradamente diversas instituciones de investigación de las ciencias naturales y sociales, y también de las agrarias y técnicas. Hasta entonces, y como resultado de las deformaciones sufridas en la etapa republicano-neocolonial, Cuba no disponía de un potencial científico, pese a la existencia de figuras precedentes ilustres que se destacaron por su heroica acción individual. Entre las excepciones cuentan el etnólogo Don Fernando Ortiz, el parasitólogo Pedro Kourí Esmeja, los botánicos Juan Tomás Roig, y Julián Acuña, el historiador Emilio Roig de Leuchsenring o el filósofo Enrique José Varona. Ahora, la familia cubana no solo coronaría la aspiración de tener un hijo médico o ingeniero, sino graduado de otras profesiones, gracias a la creación de institutos y departamentos científicos de Biología, Suelos, Oceanología, Investigaciones de la Caña de Azúcar, Geología, Geofísica y Astronomía, Filosofía, Literatura y Lingüística, Etnología y Folklore, Arqueología, Información y Documentación Científico-Técnica, entre otros. En el hogar de Gerardo Guillén las preferencias por el conocimiento de una u otra ciencias quizás no eran tan marcadas; lo importante era la constancia en el estudio, y así creció en el muchacho el amor por los libros. Mientras, en el país, aparejado al fomento de los centros para investigar los recursos naturales, surgía el sistema nacional meteorológico y se desarrollaba la red de estaciones sinópticas, agrometeorológicas y de vigilancia por radar.

El progreso mundial alertaba a la isla sobre la necesidad de desarrollar las investigaciones en áreas de la biología y la química, y esa realidad motivó la fundación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC) el primero de julio de 1965, germen de la nueva ciencia que despegaría a partir de los años 80, y a la que el joven Guillén haría aportes. La década anterior había despuntado con la edición del primer Atlas Nacional de Cuba. Compendio de 147 mapas que, al igual que otros proyectos como el levantamiento geológico del país y los estudios oceanológicos, sirvió para formar a una enorme cantidad de especialistas. Terminaba la primera década de poder revolucionario con la modesta satisfacción de que un grupo de ingenieros cubanos, dirigido por Roberto Henderson, lograra diseñar y construir una máquina muy efectiva para el corte de caña verde, conocida como Libertadora. Entretanto, otro equipo de jóvenes experimentaba en la prometedora rama informática y, conducido por el ingeniero Orlando Ramos construía en abril de 1970 la primera minicomputadora cubana, denominada CID, por el Centro de Investigaciones Digitales de la Universidad de La Habana, donde se diseñó. Daba así sus primeros pasos la industria electrónica en el país, que derivó gradualmente hacia la fabricación de aparatos novedosos de diagnóstico médico, varios de los cuales han sido patentados internacionalmente. “A nuestro modo de ver, las décadas del 60 y el 70 sirvieron fundamentalmente para crear la base humana y material indispensable para proyectar el trabajo científico como palanca del desarrollo”, resumió Ismael Clark, actual presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, en una conferencia magistral dictada en la institución homóloga de República Dominicana, a finales de los años ‘90. BOTAS DE SIETE LEGUAS En 1981, mientras Gerardo Guillén apostaba por estudiar química orgánica en Odesa, ciudad portuaria de Ucrania, un grupo de seis jóvenes había regresado de prepararse en Finlandia, y obtenía en La Habana el primer lote de interferón leucocitario, una promesa mundial en el tratamiento del cáncer. De aquella experiencia salió además un nuevo concepto de laboratorio encaminado desde entonces a cerrar el ciclo investigación, desarrollo, producción a escala industrial y comercialización. Revolucionaria fórmula que respondió a las críticas que venían realizándose desde el Primer Congreso del Partido Comunista, referidas a la no correspondencia entre las dimensiones y los gastos del sistema nacional de ciencia y técnica y el volumen y significación de los resultados. De la necesidad de dotar al país de un escudo biológico avanzado como protección de sus ciudadanos y recursos naturales vivos, y con el fin de constituir un nuevo sector de aporte para la economía nacional, nacieron en la década de los ‘80 el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), el Centro de Inmunoensayo, el Centro para la Producción de Animales de Laboratorio, y el Centro Nacional de Biopreparados. También se erigieron el Centro de Neurociencias, el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, el Instituto Finlay, el Centro de Química Farmacéutica y el Centro de Inmunología Molecular, instituciones dotadas, como regla, de equipamiento e instalaciones acordes a las más elevadas exigencias internacionales. Todavía estudiaba en Odesa, cuando Gerardo Guillén comprendió que la biotecnología amenazaba con sacarle del alma a su gran amor: la química orgánica. La biología lo tentaba con sus amplias posibilidades de desarrollo y la gran revolución científica que se vislumbraba en ese campo. Al término de la licenciatura en Química, el joven atesoraba cuatro publicaciones en revistas especializadas, una patente a su nombre y la síntesis de 17 sustancias inexistentes hasta entonces. Ya en el último año lo habían escogido para integrar el CIGB, que debía inaugurarse en el verano de 1986. Pronto supo que allí no se llegaba solo con talento, se requería de responsabilidad y dedicación al trabajo. Desde el inicio exploró una de las áreas más impactantes: desarrollo de vacunas humanas, y debutó con el proyecto de una recombinante por ingeniería genética contra la meningitis meningocóccica. Para llevarlo a cabo, el equipo del CIGB requirió la colaboración del Instituto Finlay, donde nació la primera vacuna destinada a combatir dicho flagelo. Solo la doctora Concepción Campa y sus colegas saben cuánto riesgo significó desarrollar y lograr aquella vacuna antimeningocóccica del tipo B, única en el mundo, en 1987. Dos años después la patente por esa creación obtuvo la Medalla de Oro de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), primera invención cubana que la logró. En esos años no se detuvo el aporte de miles de innovaciones y soluciones salidas de un movimiento de investigación totalmente popular: el Fórum de Ciencia y Técnica, nacido un cuarto de siglo atrás. La función rectora del nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, instaurado en 1994, resultó vital. Algunos éxitos de aquella época fueron la creación del PPG (ateromixol), un producto anticolesterolémico, por el equipo que dirigió la doctora Rosa Más, del CNIC en 1987. También por esa fecha el doctor Orfilio Peláez aplicó una nueva técnica quirúrgica contra la retinosis pigmentaria, enfermedad hasta entonces incurable. Presto a satisfacer las más mínimas demandas de lo más reciente en biotecnología, el joven Guillén se vinculó a los proyectos de vacunas terapéuticas (destinadas a curar a las personas enfermas), la de hepatitis B, entre estas. En 1993 fue nombrado jefe de la División de Vacunas del CIGB y apostó por las conocidas como conjugadas. Uno de los logros en dicho campo ha sido la DPT (difteria-tos ferina-tétanos)-hepatitis B. En 1998 asumió la dirección de Investigaciones Biomédicas del CIGB, responsabilidad que aún hoy ejerce. Por su obra científica, en la cual acumula 15 patentes —algunas registradas en Europa y los Estados Unidos—, recibió en 2004 uno de los dos premios que otorgó la Academia de Ciencias del Mundo en Desarrollo, de común acuerdo con la Academia de Ciencias de Cuba. Como estratega de las ciencias biomédicas en el CIGB este hombre siente un gran compromiso, según confesó a quien estas líneas escribe, a raíz de la entrega del premio, “porque nuestros resultados tienen impacto en la salud de la población. Uno palpable es que con la vacuna de producción nacional contra la hepatitis B ya no se reportan casos de esa enfermedad en niños menores de cinco años, y se redujo significativamente el cáncer de hígado”. Ese compromiso con la salud de los niños cubanos también se asume en otros centros. Después de muchos años de desvelos, especialistas del laboratorio de antígenos sintéticos de la Universidad de La Habana, conducidos por el doctor Vicente Vérez, de conjunto con el doctor canadiense René Roy, lograron la vacuna contra el Haemophilus influenzae tipo B, la primera sintética de la historia. La invención abrió las puertas a una nueva era en la investigación de los antígenos Legiones de cubanos se han sumado a la cruzada científica por la vida de estos 50 años. Hoy, novedosos productos contra el cáncer y las enfermedades cardiovasculares, variedades de plantas mucho más productivas con impacto en la rama agropecuaria y de la salud, comienzan a dar bien qué hablar. La cosecha de frutos se saborea por igual.

 

El dorado que distingue
Un total de ocho invenciones nacionales han recibido la Medalla de Oro de la OMPI a partir de 1989, a propuesta de la Oficina Cubana de la Propiedad Industrial (OCPI), como muestra de los avances de la ciencia en Cuba.
-1989. Vacuna contra la Nisseria Meningitides del grupo B. De la Dra. Concepción Campa Huergo y colectivo de autores. Instituto Finlay (Centro de Investigación-Producción de Vacunas y Sueros).
-1996. Composición farmacéutica para el tratamiento de la hipercolesterolemia y la hiperlipoproteínemia tipo II-(PPG). De la Dra. Rosa Mas y coautores. Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC).
-2000. Composición biocida a partir de un derivado de la caña de azúcar. Del Dr. Nilo Castañedo y colectivo de autores. Centro de Bioactivos Químicos, Universidad Central de Villa Clara.
-2002. Desarrollo de una molécula capaz de mejorar los tratamientos en pacientes con tumores de origen epitelial. De la Dra. Cristina Mateo de Acosta del Río. Centro de Inmunología Molecular (CIM).
-2002. Procedimiento y producto para la conservación de la leche cruda sin refrigeración-(Stabilak). Del Dr. Pastor Ponce Ceballos. Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria (CENSA).
-2005. Vacuna contra el Haemophilus Influenzae tipo B. De los doctores Vicente Vérez Bencomo y René Roy. Facultad de Química de la Universidad de La Habana, y Universidad de Ottawa, Canadá, respectivamente.
-2007. Equipo y método para el diagnóstico rápido microbiológico (DIRAMIC). Del Dr. Orestes Rolando Contreras Alarcón y colectivo de autores. Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC).
-2007. Surfactante pulmonar porcino (SURFACEN). De la Dra. Elaine Díaz Casañas y colectivo de autores. Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria (CENSA).